EL RELATO DE LA
SEMANA
ALGAS
Me conducen al cementerio. Es como si ya estuviera muerto. Mi cama tiembla bajo mi espalda como si me llevaran en andas, dentro del ataúd. Mi vida se consume, el fin se acerca... y entre todas las imágenes que mi imaginación podría conjurar, una sóla acude a mi mente. Las algas...
Algas tiradas por la playa, salobre sensación en mi olfato.
Una pareja de novios paseando hacia el atardecer, dejando que sus pies desnudos sean acariciados por las olas.
Yo sólo. Abandonado por la vida, ya entonces, en mi juventud. Miro las algas y mi cerebro crea extrañas imágenes verdes, carnosas, resbaladizas, huidizas y frías.
Luego durmiendo sólo. En la noche. El sonido de las olas intentando mecerme allá abajo. Pero es imposible dormir.
Algo húmedo y verde está instalado en mi cerebro. La sombra de mi soledad está a los pies de mi cama, me mira fijamente.
Tengo que pasear para poder dormir. Bajo a la playa y me paseo medio desnudo intentando que mi piel se impregne del frescor, de la humedad y del aire salobre.
No hay luna, las nubes apenas dejan asomar algunas atrevidas y débiles estrellas.
Mis pasos son solitarios, mi andar cadencioso. Mi mente cae por una pendiente que me lleva a lugares decadentes, consumidos.
Entonces oigo un susurro que se levanta por encima del de las olas. La silueta de una mujer que me llama. Una mujer desnuda que sale del mar y se acerca para abrazarme.
Nos amamos sobre la arena, en la oscuridad casi completa, acariciados por la marejada nocturna, por la espuma blanca que apenas destella. Sensaciones resbaladizas, carnosas, frías, envuelven mi piel. No hablamos una palabra.
Ya no estoy solo. Ya mis pasos se encaminan hacia el claro de la luna, que ahora pugna por salir e iluminar de plata el mundo.
Entonces la mujer me deja, acaba su abrazo voluptuoso y corre hacia el interior del mar. Su piel tiene un tono verdoso, y desaparece bajo el agua antes de que pueda seguirla. Me quedo paralizado. Cansado me duermo junto al agua.
Las cosquillas de la luz sobre mis ojos me despiertan. El sol crea una carretera dorada sobre el agua, apunto de despegarse del mar. Recuerdo inmediatamente todo lo que ocurrió la noche anterior.
Miro hacia todas partes. A unos pocos metros, un grupo de algas desparramadas tienen la forma del cuerpo de una mujer. Cierro los ojos desesperado y gateo hacia ellas. Me revuelco entre las algas mientras comienzo a llorar.
Y ahora, en mi lecho, viene a mí aquella sensación verde y resbaladiza, salobre, que me envuelve, que me abraza, que me lleva bajo las aguas del mar para siempre, y yo me siento bien.
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